Do you speak español?

Cada vez que regreso de una cita en Bumble, mi amiga me pregunta que cómo me fue. Conversamos bueno, respondo. Ella se ríe. Casi siempre significa que no habrá una segunda cita, pero que entendí lo que ese ser que habla inglés dijo, que expresé mis ideas en ese idioma que llevo años aprendiendo, que la pasamos bien.

Hace dos semanas, sin embargo, me senté frente a este hombre de cabello crespo y mono que hablaba y hablaba mientras lo miraba parpadeando lo mínimo. Si parpadeaba, si me desconcentraba un segundo, no entendía. Le pregunté si era British, are you british, I asked. Not at all. Why, he replied. I don’t know, something in your accent, I said. Y se dedicó a explicarme que estaba buscando sus raíces, que su tatarabuelo or something era irlandés, que hace un mes había estado en Irlanda. Me mostró toneladas de fotos. Maybe it’s that, I said. Maybe, he said. But I’m from Cedar Rapids.

Cedar Rapids está a media hora de la ciudad del medioeste americano en la que vivo hace un año y diez meses.

Si quisiera, podría hablar español casi todo el tiempo. Como vine a estudiar una maestría en Escrituras Creativas en Español, mis compañeros hablan el idioma de don Quijote, pero en general no es difícil sobrevivir: casi siempre encuentras a alguien que habla español en el supermercado, algún restaurante, en la calle. Anywhere.

Solo que no quiero vivir en español en una ciudad estadounidense.

Me gusta hablar inglés. Es una obsesión.

No aprendí inglés cuando estaba niña y aunque mi mamá lo intentó, vivíamos en un pueblo y no eran muchas las opciones. Recuerdo que tenía diez años y había una profesora dando clases particulares y mi mamá me entró a ese pequeño grupo que se reunía los sábados a las tres. Solo tengo un recuerdo, una hoja con dibujos y varias palabras que cantábamos: pollito chicken, gallina hen, el lápiz pencil, la pluma pen, el techo ceiling y el piso floor. That’s it. Ya grande, quizá tan pronto llegué acá, descubrí que toda la vida había pronunciado techo incorrectamente: seiling, decía. Pero es siling (siː.lɪŋ). Es imposible que cante la canción diciendo siling. Pues cómo, se pierde el ritmo. Fue el primer intento de aprender inglés.

Cada tanto descubro que ciertas palabras están pronunciadas mal en mi cabeza. Quizá la que más me ha sorprendido recientemente es ginecóloga. Nada de ginecologist, es gainacologist (ɡaɪ.nəˈkɑː.lə.dʒɪst).

Me obsesiona pronunciar bien. En español tenemos cinco vocales, a e i o u; en inglés esas cinco tienen entre 14 y 20 sonidos, y nuestra lengua no está acostumbrada a ponerse donde debería ponerse para que esos sonidos salgan bien. La u de butter, por ejemplo, que se pronuncia con uno de los sonidos vocales más difíciles para nosotros: schwa. El otro día estaba diciendo cat, que parece tan fácil, pero el chico no entendía porque estaba cortando todo, cut.

Ese chico acaba de decirme que entiende lo que digo, don’t worry. Pero apenas nos conocemos hace dos semanas. Who knows.

Hace diez años fui a estudiar inglés a Edimburgo. Cuando llegué, pensaba que tenía un buen nivel. Durante los dos últimos años de colegio había entrado a una academia que habían abierto en Riosucio. Recuerdo que el director decía que había aprendido inglés durante sus años en la cárcel en Estados Unidos. Nos daba clase un alumno suyo, joven, estricto. Nos hacían aprender toneladas de vocabulario. La hoja que más recuerdo es la de los instrumentos musicales y yo preguntando por qué tenía que aprender instrumentos que ni me sabía en español. Me parecía que si iba a un país angloparlante e iba a un concierto y necesitaba saber ese instrumento, pues iba a señalarlo y a preguntar what do you call that instrument?, si era que llegaba a necesitar el nombre exacto.

De esas listas me queda, it has stuck in my mind, los verbos irregulares, y esos me encantan: catch caught caught, fly flew flown, cut cut cut, tell told told, get got gotten, forgive forgave forgiven, forsake forsook forsaken. A veces voy a usar el presente perfecto y vuelvo a mi lista, ah, síp, hold on, I have driven on that road.

Esos ocho meses decidí que solo iba a hablar español con mi mamá.

Pero esa vez que llegué a Edimburgo, desde el primer momento en que me monté al carro, después de que una señora que se había sentado a mi lado en el avión me hubiera dicho que cómo se me había ocurrido ir allá a estudiar inglés, they have a strong accent, she said, entendí que además del strong accent, todavía tenía mucho room for improvement: no le entendí nada al taxista y cuando saludé a mi host, una señora scottish de 80 años, me tomó un minuto entender que me estaba ofreciendo water (wota/wɔː.tər ).

Cuando me despedí de esa ciudad my English has improved a lot, my teacher said, but you need to keep going, she said. I was feeling that I could understand my host, at least 95%. Our last conversation was about death, and I confirmed what I had been feeling the whole time: pronunciation is the most difficult part —at least for me. I was trying to say bury, buried, and she was trying to help me, but it was tough.

Me despedí de Edimburgo con tristeza. Ha sido la ciudad más bonita del mundo y también donde descubrí más cosas sobre mí misma. Por ejemplo, que me gusta hablar inglés. I said goodbye to my host, knowing that it was the last time. She passed away two years later. I only called her twice after our farewell. My biggest fear back then was calling someone on the phone and having to speak English.

Desde hace dos años vivo en una ciudad del Midwest estadounidense. Podría hablar en español la mayoría del tiempo, pero no quiero. Me perdería más de la mitad de la experiencia.

Aprender un idioma no es solo una cuestión de palabras que se conectan. Es aprender una cultura, una forma de pensar. En español soñamos con algo. Anoche soñé con mi gato. Por eso cuando aprendemos inglés decimos I dreamt with my cat, hasta que aprendes que en inglés no sueñan con, sino of or about. I dreamt about my cat last night. Sabía desde hace un buen tiempo lo del of y el about porque una vez en Medellín, antes de Edimburgo, mi amiga me corrigió. Quééé, recuerdo mi sorpresa. Así es, my dear Moni, y nunca más se me olvidó. Pero el otro día un alumno que aprende español dijo: soñé de mi gato. Fue tan bonito ver el error desde el otro lado. Of course, he dreams about something.

Un idioma es una manera de pensar.

Recuerdo cuando estaba en Edimburgo y quise decir que estaba estrenando vestido y descubrí que no existe la palabra estrenar. Qué falta que me hace, a mí, que hablo español, pero no a ellos, que simplemente dicen I’m wearing a new dress today. Ojalá algún día sea I’m estrenanding a new dress today, porque al final las lenguas se construyen en esa interacción, y en un mundo en el que cada vez confluimos más con otras culturas, podría pasar. Fingers crossed.

El chico este ya dice recool, aunque lo pronuncia en inglés: ricul (riː- kuːl).

He aprendido en este tiempo que hablo inglés con mi acento paisa. Al principio me molestaba, quería hablar inglés sin acento. Entonces descubrí que no soy yo. Podría estudiar para perder mi sonsonete, supongo, intentarlo como contó en un video viral Sofía Vergara: que cuando llegó a Estados Unidos dijo, yo este acento me lo quito —no lo dijo así— y se gastó un montón de dinero intentando. No lo logró. En la parte del video que vi no está la razón, pero esta es la mía (vamos a saltarnos la parte de que no tengo tanto dinero para intentarlo :p): hablo inglés como soy yo, y soy una paisa hablando inglés.

Es precioso: es la marca de que nuestro idioma nativo es otro.

De que somos esos que hablamos con acento.

No aprendí inglés y español al mismo tiempo cuando era niña, me hubiera encantado, me da envidia de esos a los que les pasó, pero no soy yo. Es la realidad: no soy yo. Mi inglés siempre va a tener la limitación de haberlo aprendido grande.

El chico dice que le gusta como suena. It’s cute, sexy.

Eso no significa que sea fácil y que no se me olvide y a veces me frustre.

Esta semana empecé un trabajo en el que soy la única diferente, es decir, la latina hablando en su segundo idioma. Antes de hablar, me gusta pensar si me veo distinta, porque al final soy mona y blanca, pero la verdad es que no paso como gringa ni a palo. Lo sentí el otro día que fui a la inauguración de una obra en un museo. No hablé mientras veía la exposición, pero me sentía tan distinta a todas esas personas monas y ojiazules. Y no porque todas sean monas y ojiazules, sino porque me sentía diferente. Es una sensación que simplemente aparece: la de no ser de ahí. Quizá lo sentí más porque la exposición era justamente sobre la mirada de una mujer indígena-americana-mexicana. Estaba explorando las diferencias. Una de las imágenes era la de la Wonder Woman con rasgos indígenas.

A la N lo conocí el año pasado. Conversamos bueno, pero quedé con dudas. Nos vimos una segunda vez. Es blanco, ojiazul, pero llevaba 13 años viviendo fuera del país. Era el inicio de un regreso después de estar tantos años fuera. Decía que se sentía raro, cómo, dije, raro entre tanta gente como él, dijo. Hemos tenido una relación que puedo describir como la de un yo-yo: va y viene porque aunque regresó a vivir acá, está a cuatro horas de mi ciudad y no le gusta hablar por teléfono ni mandar mensajes. Justo cuando ya no me da tanto miedo hablar por teléfono. Hey, there!

Hay días en que estoy con la N y no soy capaz de decir en inglés todas las cosas que quiero decir. No logro ser chistosa, por ejemplo, o natural. No me pasa con todos los angloparlantes, pero con él sí. Quizá porque es periodista y me parece que está analizando mi pronunciación. Nunca ha dicho nada, es una cosa de mi imaginación. Lo máximo fue que me enseñó a pronunciar miércoles. He said: you should only use two syllables, and don’t pronounce the d: wens-day (wenz.deɪ).

Me gustaría que la N supiera quién soy en español. Gritarle: soy más inteligente than what you can see it in English. Pero él solo sabe decir vamos y hola y arepa. Y no quiere aprender español porque su segundo idioma es francés. No tiene tiempo ahora.

Le escribí un poema: dice que me gustaría decirle, en su idioma, I like you, pero se me pierden las palabras.

Hace días, sin embargo, tuvimos una conversación sobre los dos. Entonces recuerdo lo que se me olvida tanto: I speak English. I speak English fluently.

Las palabras se me olvidan cuando estoy nerviosa, cuando me gusta alguien, cuando estoy en una fiesta y hay mucho ruido. Cuando me siento tan vulnerable.

Esta semana empecé un trabajo en el que soy la única diferente.

Es el mismo que hice el año pasado, así que la diferencia esta vez es que ya conozco a algunas personas. Sin embargo, siento esa diferencia y hablo poco porque me da vergüenza equivocarme, pronunciar una palabra mal, que no me entiendan. Es raro. Mi amiga Emma me visitó todo el fin de semana y hablamos inglés todo el tiempo, básicamente porque ella no habla español. A Emma la conocí por un programa de la universidad que te une con alguien que quiera ayudarte a practicar. Empezó así, pero nos hicimos amigas. Emma ha sido una de las razones por las que ahora hablo inglés sin miedo la mayoría del tiempo. Habla rápido y me entiende todo lo que le digo. Le entiendo (casi) todo lo que dice. También me ayuda a pronunciar mejor: open your mouth to pronounce batter, yeah, you got it. Emma me da seguridad.

Pero es viernes y he estado toda la semana con estos compañeros que hablan inglés, a los que les entiendo, pero con los que hablo poco. Ellos no me hablan, solo lo mínimo. En el almuerzo me siento a su lado, en una esquina, escucho, no hablo. Nunca me preguntan nada. Siento que tienen miedo de preguntar y que no les entienda. Me pasa sobre todo con los que tienen veinte años. Mientras estoy en silencio pienso qué preguntarles, y no sé. Entonces me vuelvo alguien que solo soy en este idioma: alguien tímido que habla poco. Supongo que es una mezcla de inseguridad que viene cada tanto —¿será que sí hablo bien inglés?—, saberme veinte años más grande que ellos y no saber de qué hablar.

Pero me gusta el reto, sin embargo. Trabajar en inglés, estar rodeada todo el tiempo de personas que en español solo saben decir hola, lo que me obliga a estar todo el tiempo ahí en ese otro idioma que no es el mío, pero que estoy empeñada en aprender. Mis amigos en este trabajo son los más grandes, sobre todo los cuatro de África, también estudiantes internacionales. Siempre que me ven sola me llaman para almorzar con ellos; ella, sobre todo, que se ríe conmigo, que es artista, es la que está más pendiente. No se fija en mi acento, supongo porque aunque su mother-tongue is English, también se ha sentido diferente. El problema es que su inglés se hace difícil para mí. I’d say it’s a strong accent, sometimes it even sounds closer to British English, and that’s when I ask myself, but you love British English, don’t you? I need this summer job not just because of the money (although that too, of course), but because it’s a challenge. It’s a way to prove to myself that I can do it, that my English is good enough to actually work in English.

Porque eso es lo que pasa: no es que este idioma que llevo tantos años estudiando todavía no esté en un buen nivel. Está, pero todavía no lo creo. Todavía me falta confiar en mí. Pero sobre todo es esa idea de que quiero hablar perfecto lo que no me deja ver los avances, lo que hace que el miedo me cobije toda y cometa más errores y mi mente se dé cuenta ahí mismo, lo sienta tan pronto sale mal la palabra, you made a mistake. It becomes a vicious cycle.

Confiar. Tan difícil confiar. Soltar. Creer. I believe in you, dice el chico.

Con el chico fluye la conversación.  

Aprender un idioma es una cosa de toda la vida. Eso es de lo que estoy segura ahora. Tampoco voy a sonar como una nativa, y no lo necesito. Los errores van a estar ahí, siempre. Es difícil saberse todas las palabras o las formas, así que cada tanto aparece una nueva o un nuevo idioma o una nueva manera de decir o etcétera. Está bien que a veces se te olvide algo.   

Quizá eso es lo más bonito del lenguaje, su movilidad.

Supongo que ahora hay más opciones para practicar. La inteligencia artificial es una buena ayuda. Me gusta preguntarle, is this correct to say? Me gusta que me explique, que me muestre los errores, si suena natural, si la gramática está bien. No le digo que escriba por mí, porque la escritora soy yo, pero que me ayude to improve my English. También, si mis amigos no están disponibles, puedo conversar con ChatGPT.

Pero la vida real sigue siendo lo más importante: cada cita de Bumble, cuando sale mal, es una práctica de inglés exitosa. En la universidad hay una profe con la que me encuentro cada semana y me ayuda a pronunciar mejor, y también hay un centro de escritura si tengo dudas. Mi amiga Mackenzi, MacandCheese para mí, que además habla español maravillosamente, me deja lanzarle todas mis dudas.

Aprender un idioma es estar ahí, todo el tiempo, preguntándose cosas, intentando, buscando, challenging yourself to think, to say, to discover who you are when you speak English. Butter-batter, butter-batter, butter-batter.

Al final, venirte a vivir a otro país, a otra cultura, es eso: la posibilidad de moverte. De ser vos en ese lugar nuevo, entre tantos tan distintos. De sentirte diferente y, sin embargo, muchísimas veces, abrazada y cómoda. De extrañar a tu gente, a tus amigos, pero conocer nuevos, abrirte a otros. Todo eso, y un wee reminder: we are all human. It doesn’t matter that we are different in many ways, we are all human. See, they poo, they breathe and sleep and eat. They speak.

We are all human, even if they dream of something different.

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