Así me convertí en WOP, ¿ustedes?

-Story in english-

 

 

Ese día de noviembre, durante más de una hora estuve resistiendo las heladas gotas de mi primer invierno en Dublín. Petrificada al frente del canal de Portobello, como si la lluvia fuera mi cárcel, tratando de enfocar —a pesar de la mirada aguada — la que fue la casa de retiro del pintor Jack Butler Yeats, hermano del premio nobel de literatura William Butler Yeats, que hoy es una escuela para aprender inglés. Sin tener en cuenta mis calzones y mi brasier, entre la camiseta y el pantalón térmico, los dos sacos de lana de oveja y el pantalón de paño, toda la ropa adicional me sumaba dos tallas.

Era una WOP, WithOut Papers, una emigrante más con frío. Esa sensación que sentí lejos de la casa que había comprado con mis ahorros, pisando una tierra sin serpientes, donde mis botas térmicas desconocían el trópico en el que mis pies habían crecido.

Recuerdo quejarme de niña por la manera como mi madre me envolvía en la clásica cobija de lana tan conocida en Colombia como “La siete tigres”, no permitía que un centímetro de mi cuerpo se moviera. Algo similar sentí ese día. Ni pensar que mi piel respiraba. Era un envuelto en Colombia o un wrap en Europa. Mis muslos eran montañas distanciadas y apretadas con tanta tela.



Esta soy yo, una tropical colombiana enfrentando el frío en Europa con una chaqueta, convertida en ‘Momo’ de Michael Ende

Un poderoso escudo protector me libraba de toda gota que quisiera llegar a mi piel. Es mi chaqueta verde, la de suerte, la cara, la que me compré en Barcelona antes de llegar a enfrentarme con el demonio personificado en heladez. La única que he tenido acá. La he usado tanto que parezco un animal llevando su casa a cuesta.

He visto a quienes deciden alejarse o cruzar la calle para evadir la chaquetota y a quien habita en ella. No será para desfilar en un evento de top models y lucirla me hará menos popular — y quizás ser juzgada como habitante de calle —, pero llevarla puesta es tan imprescindible como respirar.

Después de 30 años, mi apodo Momo — es mi “pint of Guinness”, como se traduciría en Irlanda el clásico colombiano: “Me viene como anillo al dedo” —. Me lo pusieron mis amigas del colegio, en un momento en el que me les parecí al personaje del libro de Michael Ende: una niña sin hogar, misteriosa, con el cabello crespo desordenado y una chaqueta demasiado grande, que le sirve de abrigo y de vestido. Es buena escucha y lucha por salvar el tiempo de la humanidad. Llevo años pensando por qué las gemelas, Ana y Mary, decidieron nombrarme Momo, pero a mis cuarenta me siento cada vez más cercana a la crítica del escritor alemán de un mundo obsesionado con el tiempo, la productividad y el materialismo.



Carátula del libro Momo de Michael Ende

En una entrevista con el periódico ‘Die Zeit’, en 1984, año en el que nací, el escritor alemán dijo: “Escribí ‘Momo’ como una advertencia sobre lo que sucede cuando las personas se obsesionan tanto con ahorrar tiempo que pierden de vista cómo vivir realmente”. Eso me pasó.

Desde que mi abuela me leía tragedias humanas como ‘La Ciudad de la Alegría’, de Dominique Lapierre, y me gané en un concurso de escritura el libro ‘Adiós Omayra’, de Eduardo Santa, me he definido periodista, con los años me convertí en una y mi orgullo era anteponer mi profesión a mi nombre.

Luego de vivir dos años en Irlanda me acerqué más a lo que realmente siempre he sido: una migrante que, según la organización Internacional para las Migraciones, es “un término genérico no definido en el derecho internacional que, por uso común, designa a toda persona que se traslada fuera de su lugar de residencia habitual, ya sea dentro de un país o a través de una frontera internacional, de manera temporal o permanente, y por diversas razones”.

Sin siquiera intuirlo era migrante cuando me fui de Ubaté a estudiar a Chía. Luego cuando pasé a vivir a Bogotá y, más adelante, cuando me trasladé a Medellín.  Ahora, que vivo en Irlanda, lo entiendo y lo ato con esa parte de mi historia familiar que se guardó en algún baúl que alguien regaló y de la que sólo conservamos un nombre: Elizabeth Fergusson, una migrante irlandesa, que por ahí en 1850 —en la época de la hambruna de la papa — llegó a Ubaté y se emparentó con un señor Borda, para engendrar toda la línea paterna de mi abuela Isabel Fandiño, definida por la literatura. Mi quinta abuela fue una migrante europea. Ella terminó en Colombia y yo en su país de nacimiento (esa será otra buena historia para contar).



Mi abuela Isabel, cuando tenía 9 años, parada en la silla mientras su papá Alfonso Borda Fergusson la retrataba.

Ya sea por Elizabeth, por mis ancestros cercanos o por todos los viajantes del mundo, la migración se apoderó de mí y empezó a aparecer en todos partes. Por supuesto en los clásicos de la literatura, sobre todo en las vidas de los escritores. Está Joyce, quien huyendo de todo lo que decidió escribir luego — es decir Dublín —, migró al imperio Austrohúngaro donde sobrevivía como profesor de Berlitz, traduciendo ‘El Retrato de Dorian Gray’ del irlandés Oscar Wilde, antes de entregarse a Ulysses, una novela que cuenta la odisea de un día en la vida de un hombre común en la ciudad que tanto criticó.


WOP WITHOUT PAPERS 2025
WOP WITHOUT PAPERS 2025~
WOP WITHOUT PAPERS 2025
WOP WITHOUT PAPERS 2025~

Terminando su vida en México, también migró Gabriel García Márquez, quien me ha acompañado desde la obligatoria lectura de ‘Cien años de soledad’ en el colegio de monjas, hasta representar su legado como profesora de periodismo y narrativas transmedia para la Fundación Gabo, que él creó.

Entonces los junté en un club de lectura: Macondo & Ulysses. De eso ya un año. El mundo del realismo mágico colombiano y la novela moderna por excelencia, juntos se han convertido en un símbolo de conexión de migrantes con diferentes latitudes en la República de Irlanda, que en inglés y en español se reúnen con el propósito de conocer más de exponentes de la literatura colombiana e irlandesa.

Nunca más sentiré la soledad del migrante, aunque somos una comunidad que apenas tiene 12 meses de vida. Siempre que nos encontramos hay nuevas caras, pero también hay viejos conocidos. Bienvenidas fueron y son las alianzas con medios locales para crear nuevas experiencias interactivas de periodismo, porque estoy convencida del súper poder que tienen las audiencias y su participación en nuevos formatos.




Primer encuentro de Macondo & Ulysses en Book’s at One Dublín en diciembre de 2023.


Sesión con la escritora de San Andrés, Colombia, Cristina Bendek en Marrow Bone Books, Dublín, en agosto de 2024.

Nos gusta la cercanía y sentirnos en casa, así seamos ciudadanos de diferentes partes del mundo, por eso llegamos a este punto. Tenemos claro que no necesitamos papeles para hacer parte, “somos porque existimos” y, como Jean Paul Sartre decía, vivimos libres para crear nuestra identidad y nuestro significado. Nunca más nos predeterminará un oficio, un rol o un lugar.

Entendí que la chaqueta verde, el frío, los libros, Irlanda, la migración, las ausencias, los nuevos lazos, el desapego, la evolución, la diversidad, los ciclos que inician y los que terminan, todo nos conecta.

Somos los sobrevivientes de esa persona migrante que alguna vez lo logró, así que es un orgullo iniciar esta nueva generación WOP, WithOut Papers, de migrantes ordinarios con historias excepcionales.

WOP ha sido un acrónimo muy manoseado. En la política, Nancy Pelosi lo ha relacionado con los jóvenes inmigrantes indocumentados conocidos como Dreamers; y hasta el alcalde de Filadelfia, Jim Kenney, descendiente de inmigrantes irlandeses, lo ha usado para catalogar una población empobrecida y “secundaria”.

Para otros procede de la palabra española “guapo”, importada a Sicilia, con la se describía a los jefes obreros italianos en la Nueva York del siglo XX. Incluso hay un género musical “canciones Wop”, según Nick Tosches, en su libro de 2001 Where Dead Voices Gather (Donde se reúnen las voces muertas).

Quien trabajaba de manera humilde, como servidumbre y era inmigrante italiano en Estados Unidos se le llamó “guappu”, pero esa tendencia de campesinos a suprimir vocales le dio sabor a WOP, según el investigador de palabras Douglas Wilson.

Esos “sin papeles” empezaron a aparecer en la prensa a principios de la década de 1970. Era un término despectivo, que se usaba para “esos que no pertenecen a un determinado lugar”, “los que no son de acá”, de ahí el chisme de que los aspirantes a inmigrantes eran devueltos con documentos etiquetados como WOP.

Migrantes somos muchos, pero no existe un único tipo de migración, en parte nuestra tarea es contar cómo es esta diversidad.

Por eso, en 2025, WOP crece para experimentar, informar, aprender, un espacio abierto a todas las personas que como yo se sientan WOP.

Bienvenidos a un mundo WithOut Papers, sin papeles.

Entonces, ¿cuál es tu historia y cómo quieres contarla?. Escríbeme: withoutpapers2025@gmail.com

Margarita Barrero Fandiño

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