Del color de mi equipaje
Era el Día de la Independencia en Colombia. Desde el carro de mi papá, camino al aeropuerto, veía el amarillo, azul y rojo de la bandera del país en las ventanas y las astas de los apartamentos y los edificios públicos alineados a ambos lados de la Avenida El Dorado, en Bogotá. Había salido de mi casa con dos maletas negras repletas de sueños, reforzadas con el cariño de mi familia y amigos, para emprender el viaje de mi vida.
Una tarde gris y lluviosa, en pleno verano, me dio la bienvenida a Dublín. El gabán de capota oscuro, los jeans y las botas de suela alta que llevaba puestos no eran suficientes para resguardarme del frío, el agua y el viento —una combinación más irlandesa que el Irish coffee—. Más que por el clima, había elegido esa ropa pensando en sentirme segura y pasar desapercibida. Vestirme de negro era eso, mi refugio, mi escudo.

Ese color había sido mi compañero fiel desde la adolescencia, cuando la inconformidad con mi cuerpo, la búsqueda de identidad y el intento de entender mi lugar en la familia me llevaron a sentirme incomprendida, como dice el cantante puertorriqueño Ismael Rivera. Por eso todo en mí era negro: mi ropa, mis accesorio, mi primer celular Motorola C115 y el IPhone 13 que compré con mi último sueldo; mi primera bicicleta, mis patines y la moto que vendí para completar el dinero de la visa. Todo.
Fue la migración la que transformó mi relación con los colores. El caos de cruzar fronteras, dejar atrás mi hogar, familia y trabajo; de cargar solo con lo esencial y enfrentarme a lo desconocido se convirtió en una oportunidad para descubrirme en ellos.
Cuando Goran, el gerente del hotel Portmarnock Resort —que años atrás fue la casa de la dinastía Jameson, la familia que creó el famoso whisky— me pidió en la entrevista que le hablara de mí y de mi experiencia, mi mente quedó en blanco. Me había definido como comunicadora social y periodista por más de 9 años, y ahora era una migrante de origen latinoamericano, aprendiendo inglés, en busca de un trabajo como mesera.
Lo primero que llegó a mi mente no fueron palabras, sino colores. Recordé mi oficina en Bogotá: una habitación de no más de dos metros cuadrados, de ladrillo, oscura y fría, en el tercer piso de un edificio construido a mediados de los años 40. Tenía notas adhesivas y banderitas post-it de colores sobre mi escritorio y en la pantalla del computador para organizar mis días. Las verdes, naranjas o amarillas eran las tareas importantes, pero no urgentes; esas podían esperar. Los temas urgentes los escribía sobre los papeles rojos o rosados, los colores que no me gustan. Pensé en el azul que cubre el Estadio El Campín de Bogotá cada domingo cuando juega el equipo de fútbol de mis amores, Millonarios, campeón un mes antes de mi viaje. Me acordé de los discos grises, verdes, amarillos, azules y rosados que me acompañaban todas las noches en el box de CrossFit.

Para responder a Goran, transformé esos colores en palabras: estructura, gestión, planificación, pasión, disciplina, humildad, aprendizaje y confianza. Le conté la historia de cuando trabajé con mi papá en una cantina de música popular a mis 16 años —con un inglés que me fluyó con la misma naturalidad con la que el río Liffey atraviesa Dublín— y conseguí mi primer empleo como mesera en The Jameson Bar. Los colores se convirtieron en símbolo de lo nuevo, de lo aprendido y de la adaptación.
Usé los colores como salvavidas para recordar y asociar objetos con palabras. En mi segundo empleo, Deli 613 —un restaurante de comida kosher— aprendí a seleccionar las tablas de cortar según su color: la tabla blanca es para el pan, la amarilla para la carne y el pollo cocinados, la azul para pescados, la café para verduras, la verde para las frutas, la morada para los alimentos sin gluten y todo lo que tiene cinta roja es para las carnes crudas.

Me cautivaron los amarillos, naranjas y rojos que trajo el otoño; el marrón seco de los árboles desnudos cuando el invierno se instaló; el blanco grisáceo de la nieve que vi por primera vez un primero de marzo; el rosado de las flores que, tímidamente, se asomaban en la primavera; y todos los verdes que la lluvia y la humedad mantienen vivos los paisajes del país que el poeta irlandés, William Drennan, describió como la isla esmeralda.
Y me dejé llevar por el zarandeo brusco de las tormentas que ponen en alerta roja, naranja o amarilla a Irlanda una vez al mes.
La mezcla de todos esos colores me llevó al negro, mi color preferido, desde el que ahora reflejo mi luz. Me vestí de negro y de literatura para recorrer las calles de Dublín y hablar de cuatro escritores irlandeses, tres demonios y una bruja. Me vestí de negro y de periodista para contar noticias del país —verde, blanco y naranja— a la comunidad hispanohablante en un medio de comunicación alternativo creado por otro migrante: Hoy en Irlanda.

Empaqué de nuevo las dos maletas negras, pero no volví a Bogotá. Me quedé de este lado del Atlántico, en otro país, y me convertí en WOP, WithOut Papers, con vista al mar Mediterráneo…


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